Vida sin vacaciones

La familia Zilvestein llegó desde Polonia al Alto Valle rionegrino escapando de las angustias del hambre. Aquí forjó una tierra de paz y trabajo para sus hijos.
Diario Río Negro. Sábado 24 de abril de 2004
 
El hambre azotaba Europa en 1911. En todos los países del Viejo Continente la crisis preparaba a los gobernantes para la guerra. La angustia y la desesperación fueron los motivos que impulsaron a Pedro Zilvestein a buscar en la Argentina una nueva tierra y un mejor futuro para sus cuatro hijos.
En el pueblo polaco de Protov, a 70 kilómetros de Varsovia, quedaron su esposa Lola y sus niños, dos mujeres y dos varones, con la esperanza de viajar en cuanto Pedro pudiera reunir el dinero necesario para pagar sus pasajes.
En 1914, a fuerza de mucho trabajo, Pedro estaba ya en condiciones económicas para abonar los pasajes de barco de toda su familia. Sin embargo, el viaje no se pudo realizar en ese momento.
La Primera Guerra Mundial había comenzado y su esposa e hijos sólo pudieron reencontrarse con él en la Argentina cuatro años después, cuando terminó el enfrentamiento bélico y se permitió a las personas de religión judía salir de la región en conflicto.
Una vez reunida en la Argentina, la familia Zilvestein decidió instalarse en Roca.
Abelardo, uno de los nietos de Pedro y Lola, explica que “el abuelo tenía un hermano en Allen que los incentivó a afincarse en el Valle”.
En esa época también desde el gobierno se intentaba poblar la Patagonia. El Ministerio del Interior argentino otorgaba pasajes gratuitos en ferrocarril para toda la familia como una forma de ayudar a los inmigrantes a afincarse en zonas despobladas.
Además, el organismo estatal les describía a las familias recién llegadas al país la gran cantidad de condiciones propicias para el cultivo en el Alto Valle de Río Negro, como la fertilidad de las tierras y las perspectivas de riego.
Luego de instalarse definitivamente en el Valle, Pedro y Lola Zilvestein nunca volvieron a su país ni se fueron de vacaciones a playas o montañas. Su nieto Abelardo explica que “ellos siempre decían que el hecho de vivir aquí en paz y tener comida para su familia ya eran suficiente descanso”.
Esta decisión sólo puede entenderse en la actualidad teniendo en cuenta todas las dificultades que debieron sortear antes de encontrar un lugar donde vivir tranquilos, como la pobreza extrema y una de la más importantes guerras de la historia universal.
Tanto Pedro como Lola Zilvestein trabajaron sin descanso hasta que consiguieron construir, en la esquina noreste de las calles Mitre y Buenos Aires de Roca, un almacén de ramos generales que proveía de alimentos y elementos para el campo a chacareros de la zona y vecinos de la ciudad.
“Al contrario de lo que el imaginario popular indica -explica Abelardo-, los judíos no son un pueblo históricamente comerciante. La historia cuenta que lo que pasó es que cuando los zares rusos persiguieron a las familias judías lo primero que les quitaron fueron las tierras. La única forma de subsistencia que encontraron fue el comercio”. Sin quererlo, cuando Pedro Zilvestein llegó al Valle con poco dinero repitió la historia.
En el mismo terreno del negocio, que tenía unas dimensiones de 50 por 50 metros, el pionero polaco construyó una casa de adobe para su familia.
“En un galpón que estaba ubicado en el patio de su casa mi abuelo alojaba siempre a inmigrantes recién llegados de Polonia que aún no estaban completamente instalados”.
“Me acuerdo de que uno de ellos bebía mucho. En casa siempre recordaban que una vez, en medio de una ceremonia en la que se sirve un vaso de vino lleno hasta el borde, se deja la puerta de entrada abierta y se invita mediante un rezo al profeta Elías a compartir con la familia, el primero en acudir a la invitación fue este hombre, listo a compartir el vino. Su entrada fue muy graciosa y la recordamos por muchos años”, ríe Abelardo.
Tanto Pedro como Lola eran muy religiosos y vivían según las costumbres y tradiciones de la religión israelita. “En casa mis abuelos hablaban el idish, la lengua de los judíos europeos de Alemania, Polonia o Lituania, que es muy diferente a la hebrea que hablan los judíos en Israel”. Los Zilvestein transmitieron creencias e idioma a sus hijos e incluso a sus nietos.
“El abuelo Pedro era un hombre morocho, alto, lindo y muy cariñoso -recuerda Abelardo. Era sordo de un oído aunque me contaron que su discapacidad no era de nacimiento sino que se generó de una manera bastante particular: en Rusia el servicio militar duraba cinco años, y en el pueblo de mi abuelo había un doctor que dejaba sordos a los jóvenes por un tiempo para que se libraran de acudir al servicio militar. Mi abuelo escapó de los cinco años de servicio pero su oído nunca se recuperó”.
“A la abuela Lola muchos de sus amigos le decían ‘Libe’, aunque para sus nietos era la ‘baba’, palabra que en idish quiere decir abuela.
“Mi baba era una mujer diminuta pero sumamente trabajadora. Los judíos religiosos tienen en sus cocinas dos juegos de cada cosa, porque nada se cocina o se come con los mismos utensilios que la carne. Todavía recuerdo el increíble brillo de las ollas de cobre de la abuela que colgaban en su cocina”, sonríe Abelardo.
La religión de los Zilvestein unió a esta familia con otras que también habían llegado a la región del Alto Valle a principios de siglo escapando de los progroms, las campañas persecutorias contra los judíos.
Aunque ya lejos de Europa, la Segunda Guerra Mundial fue vivida muy de cerca por las familias judías afincadas en todo el país.
“Mi familia vivió la guerra con mucha preocupación. Mi padre compraba el diario ‘Crítica’, que a esta zona llegaba con dos días de retraso, pero que aun así era la única manera de saber qué estaba pasando en Europa con las familias judías”.
“Por suerte, mis abuelos pocas veces se enfrentaron a situaciones discriminatorias como las que se generaban en los países europeos. Sólo había una persona que, durante la Segunda Guerra, cada vez que pasaba por la vereda de casa escupía al piso. Yo era muy chico, cuando comenzó la guerra mundial, tenía sólo cuatro años, pero recuerdo a ese hombre con mucho temor”, asegura Abelardo.
Las instituciones argentinas no estaban preparadas para la llegada de familias judías. “Cuando iba al secundario me molestaba que se dictaban clases de catolicismo y de moral y a los chicos judíos o ateos nos hacían salir de la clase. Esa fue una de las pocas veces en que me sentí discriminado”, afirma Zilvestein.
“Mis abuelos conservaron sus tradiciones religiosas y viajaban hasta la Colonia Rusa para estar presentes en todas las celebraciones de la comunidad. Sin embargo, se integraron también muy bien con la gente de esta zona que no tenía la misma religión. Muchos de sus amigos no eran judíos.

MB

 

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