Españoles en tierras de Rey Pastor

María Quesada rememora la llegada de sus padres, inmigrantes españoles, y lo que les tocó vivir en estas latitudes.
Diario Río Negro. Sábado 14 de mayo de 2005
 
María Quesada nació en General Enrique Godoy, allí vivían sus padres, inmigrantes españoles. Su papá, Sebastián Quesada, provenía de Almería y su mamá, Aurora Rondán, casi nace en el barco, pero su madre pudo pisar tierra antes del parto y nació en San Pablo, Brasil. La vida encontró a los padres de María en Godoy, donde sus respectivas familias se habían establecido para trabajar la tierra.
Cuando los Quesada y los Rondán llegaron a Godoy, asomaba la década del ’20 y dos grandes terratenientes habían adquirido unas cinco mil hectáreas en esa zona: el médico español Avelino Gutiérrez y su yerno, el famoso matemático de igual nacionalidad, Julio Rey Pastor. Ambos habían comprado parte del “campo Zorrilla” a otro gran terrateniente que llevaba aquel apellido y que por 1900 había adquirido unas 15 mil hectáreas en la zona.
Gutiérrez y Rey Pastor acumularon tierras entre 1920 y 1930. Los nuevos propietarios estaban radicados en Buenos Aires y explotaban sólo una pequeña parte de sus propiedades. Las obras de riego fueron iniciadas por ellos y en 1924 quedó habilitada la estación a la cual llegó la familia de María. Los primeros años en Argentina, transcurrieron para estos inmigrantes en estas chacras nacientes junto a otros españoles que llegaron para radicarse en la región.
Los Quesada, que eran tres hermanos, permanecieron sus primeros años trabajando en la propiedad de Rey Pastor, administrada entonces por el señor Antonio Garrido. La familia Rondán estuvo unos años en Godoy pero finalmente se estableció en Río Colorado, donde también se dedicaron a la fruticultura. Unos diez años después de arribar al país- cuando María tenía unos 7-, su padre, Sebastián Quesada, se fue a trabajar a Allen, a una chacra grande, propiedad de Juan Fernández, y tiempo después partió hacia J.J. Gómez para realizar tareas similares en la finca de Fidel Fernández. “Era común en aquel tiempo -agrega María- que los españoles trabajaran con españoles o los italianos con italianos, había más afinidad”.
Unos cinco años más tarde, Quesada pudo adquirir una tierra propia en Colonia Rusa. Allí se mudó el matrimonio con su numerosa prole. “Después de unos años- cuenta su hija- papá se pudo comprar una chacra. Esa tierra la trabajamos todos nosotros porque poco tiempo después de irnos a vivir allí, mi papá se enfermó. Éramos seis mujeres y cuatro varones. Fuimos a la escuela de la Colonia Rusa. Yo tendría unos 10 ó 12 años entonces. Tuvimos un maestro que era buenísimo. Si mal no recuerdo era la Escuela Nº 31. Todos estudiamos, pero a medida que íbamos creciendo tuvimos que ir a trabajar.”
Esa escuela estaba allí desde 1917, pero había comenzado a funcionar en 1911 en una instalación donada por Isaac Locev y en 1914 trasladada a un edificio del señor Federico Sporle. Ésta y la escuela particular de la Colonia Rusa eran los dos únicos establecimientos educativos de la zona.
En tanto, la familia Quesada en pleno estaba abocada a hacer producir su tierra. “Mi papá había plantado verdura- cuenta María-. Había de todo en esa quinta. Le vendía a Diniello acá en Roca. Nosotros juntábamos la verdura, la embolsábamos y la pasaban a buscar. A veces no iban a retirarla y tenía que salir mamá en una jardinera para traerla acá a Roca. Me acuerdo de algunos vecinos de la chacra: Alfonso González, Belisari, Zalaza. Después trabajamos en un secadero cerca de la chacra, era de José Vierna, un antiguo poblador de la Colonia. Allí hacíamos orejones, íbamos caminando bien temprano, volvíamos y seguíamos con la huerta. Me acuerdo algunos veranos que teníamos que plantar tomates y cebollas con los pies en el agua. Plantábamos mientras corría el agua. Hombres y mujeres hacíamos las mismas cosas y no había vacaciones. Mi papá no nos dejaba ni descansar el día domingo”.
Finalmente, luego de una década de lucha, Sebastián Quesada falleció y su viuda decidió vender la chacra. “Mi mamá no podía con todo, se había quedado sola con el hijo menor, que tenía entonces 8 años. Los mayores casi todos ya teníamos nuestras familias, entonces ella se vino a vivir a Roca, compró una casa a una cuadra de la mía. Y acá, pobre, sólo vivió cuatro años nada más... Hace poco, estuvimos con una hermana en la chacra que fue nuestra. La compraron unos bolivianos que también hacen verduras. La quinta está muy linda, pero la casa donde yo viví está hecha pedazos”, relata María, quien -por otra parte- afirma haberse liberado un poco cuando aquella chacra se vendió, pues sólo recuerda de aquel tiempo la enfermedad de su padre y el esfuerzo enorme que significó para todos sobrellevar aquella faena. Pero las circunstancias adversas también tuvieron su costado positivo. Siente que la vida dura unió a su familia. “Éramos muchos hermanos y nos llevábamos muy bien. Hasta hoy tenemos una excelente relación. Siempre fuimos muy unidos. Nos acompañamos y nos ayudamos siempre.”
La adolescencia de los hermanos Quesada transcurrió en la chacra, pero como casi todos los jóvenes de su edad, buscaban sus distracciones. “Veníamos al pueblo cada tanto, por ejemplo para los carnavales que los celebraban en el Prado Español. No salíamos mucho, pero nos divertíamos, después del carnaval teníamos que esperar hasta Navidad, año nuevo, que eran las otras fiestas que celebrábamos”.
En alguna de aquellas visitas, María conoció a quien sería su esposo, Ernesto Sobrero. “Yo me casé en 1947. Lo había conocido acá en Roca, en la casa de un primo. Y cuando me casé me vine a vivir por primera vez a un pueblo. Teníamos una casa en la calle España, pero mi marido era constructor y había comprado este terreno cerca del canal grande y veníamos los domingos a levantar la casa, él trabajaba y yo le cebaba mate. Hacía el asadito a las 12 y bajo un arbolito poníamos el vino y la soda. Cuando compramos acá, esto era un poco descampado, esta parte era el final del pueblo, pero poco a poco, el barrio se pobló y aquí vivimos toda la vida y tuvimos a nuestros cuatro hijos”.
Ernesto Florindo Sobrero había nacido en 1919 en la provincia de Buenos Aires y llegó a Roca en 1936, con 17 años. Vino con su padre, un inmigrante italiano de quien aprendió el oficio de constructor. Estuvieron un tiempito juntos, pero finalmente su papá decidió retornar a Buenos Aires y su hijo resolvió no seguirlo, se radicó en Roca, donde trabajó siempre como constructor. De él hablan sus obras y sus amigos. Sobrero, pese a su origen, no frecuentaba la Asociación Italiana pero -dato llamativo- sí la Asociación Libanesa. Y fue tal el afecto que sintió por sus amigos libaneses que hasta llegó a ser presidente de la Institución. Sobrero había levantado su sede y allí forjó una estrecha relación con muchos de sus socios. “La Libanesa era como su segunda casa para él- cuenta su mujer- allí estaban sus amigos, siempre que hacían kepe lo invitaban, al igual que cuando celebraban el día de la independencia del Líbano”.
Sobrero se dedicó a la construcción toda su vida, pero su hobby fue una chacra. Cuando pudo se compró una tierra en la Colonia Rusa. “Por esas cosas de la vida, volví a la zona donde me había criado. En esa chacra había frutales y viña. Mi marido iba todos los fines de semana a trabajar allá y los días de semana seguía con lo suyo. ¡Cómo le gustaba la chacra...! Después se hizo grande y la vendió, pero acá, en el pueblo, mi hijo tenía un solar y plantó algunas cositas, tuvo conejos, gallinas, era como una terapia”.
María y Ernesto llegaron a cumplir sus bodas de oro, pero tiempo después, Sobrero murió. “Papá murió en marzo del 2001, luego de vaticinar durante años que el país llegaría al 2000 con hambre. Siempre nos acordamos de eso, él veía venir la crisis hacía tiempo. Y no se equivocó”, cuenta su hija mayor. Ernesto, como tantos de su generación, cuando se desencadenó la crisis en el país, volvió a la tierra de sus abuelos buscando cambiar su suerte. Estuvo un tiempo en Barcelona, pero la nostalgia lo devolvió a Argentina, donde habían quedado su mujer y sus tres hijos. “Lo de uno es acá -afirma-, la familia, los recuerdos, los amigos. Quien más quién menos, todos tenemos el ejemplo de los que vinieron cuando acá no había nada. Si ellos pudieron levantar la Argentina ¿por qué no vamos a poder intentarlo nosotros?”, se pregunta como tantos descendientes de inmigrantes que ayudaron a hacer el Valle.


 
 
 
 

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