Del idish al castellano

Samuel y Sofía Szerman dejaron Polonia sin saber que no verían más a dos de sus hijos. Con lágrimas en los ojos, trabajaron por el futuro.
Diario Río Negro. Sábado 16 de Julio de 2005
 
En 1929 se desata una de las más importantes crisis económicas que ha sufrido el capitalismo. Aunque la padece todo el mundo, el pueblo se está recuperando de los desastres de la Primera Guerra Mundial y la pobreza toca todas las puertas.
En la ciudad de Kielce, Polonia, el matrimonio de Szmul Ela Szerman y Szandla Rapoport, cuyos nombres fueron traducidos al llegar a la Argentina como Samuel y Sofía respectivamente, buscaban una solución al hambre que veían en las caras de sus cuatro hijos. Y, como muchos otros europeos, los Szerman pensaron en América.
“Mi abuelo llegó alrededor de 1930 con su hijo mayor, Julio, para trabajar y reunir el dinero necesario para traer al resto de su familia -relata hoy Mabel Szerman, nieta del matrimonio-. En Polonia quedaron mi abuela, que estaba entonces embarazada, y otros tres hijos de ambos”.
“Polonia en ese momento pasaba una crisis muy grande -continúa Mabel-, en las casas faltaba lo imprescindible, el alimento. El abuelo siempre contaba la emoción que sintió cuando se subieron al barco y les dieron pan fresco. Recordaba que había guardado una parte del pan en el bolsillo para tener al día siguiente, y lo increíble que le había parecido volver a recibir pan un día después. Eran unos niveles de pobreza terribles, casi inimaginables en nuestra época”.
“Seguramente la decisión de venir a la Argentina tuvo que ver con que mi abuelo tenía un hermano en Buenos Aires. Pero cuando llegó a Buenos Aires, su hermano le recomendó que saliera al interior del país, donde quedaba mucho por hacer y había más oportunidades de trabajo. Así llegó a la ciudad de Neuquén”, narra Mabel.
Recién en 1937, Samuel y Julio pudieron juntar el dinero necesario para enviar a sus familiares, pero sólo alcanzaba para tres pasajes. Entonces, le dijeron a Sofía que viniera con dos de los chicos y dejara a los otros dos con sus abuelos hasta que juntaran más dinero.
“La abuela siempre dijo que nunca pensó las consecuencias que tendría su elección -recuerda Mabel-, pero también aclaraba que si la hubiera tenido que volver a tomar, habría elegido de la misma forma”. Sofía eligió a su hija mujer más chica, Juana, y a Mario, el varón menor, quien, con seis años, no había conocido a su padre. Así, quedaron allá sus hijos Josek y Szyja.
Aunque en un primer momento Samuel se había instalado en Neuquén, el hecho de ser practicante de la religión judía influyó en su mudanza a Roca.
“El abuelo era muy respetuoso de las tradiciones judías y por ellas sólo comía carne ‘kosher’. Cuando vivía en Neuquén, la única persona que carneaba a la manera judía estaba en la colonia rusa de Roca. En ese momento, no había puente entre Neuquén y Río Negro, se cruzaba en balsa. Con todo el tiempo que se demoraba en el trayecto, la carne llegaba en malas condiciones. Por eso, el abuelo decidió mudarse a Roca. Su religión lo trajo acá”, explica Mabel.
La familia se instaló en Roca y Samuel alquiló un edificio en el centro del pueblo, donde puso un pequeño negocio. Ese edificio, en la calle Tucumán, entre Italia y Belgrano, estaba ubicado donde actualmente continúa en funcionamiento el negocio de la familia, que ya está cerca de cumplir los 70 años.
“La construcción era muy grande y tenía una entrada de camiones al costado. Había sido el primer edificio donde se asentó la municipalidad de la ciudad y tenía hasta calabozos. Me acuerdo de haber visto, de chiquita, las ventanitas con rejas”, dice Mabel.
“El primer negocio de mi abuelo era muy pequeño y atrás estaba su casa. El resto de las habitaciones del edificio las subalquilaba a distintas personas”.
“Los abuelos hablaban dos idiomas, el polaco y el idish, que es el dialecto que usaban los judíos centroeuropeos y que tiene muchas palabras que suenan parecidas al polaco, el ruso y el alemán -continúa Mabel-. Nunca hablaron bien el castellano, me acuerdo de que todos los días a las 12 del mediodía sonaba la sirena y mi abuela decía: ‘Toca el sireno’”.
“En el negocio vendían cosas que venía a buscar la gente del campo, como bombachas camperas, sombreros o pañuelos. Muchos de los clientes llegaban en caballo o en sulky y mi abuela siempre tenía preparado, para las familias que venían de lejos, un licorcito y un pedazo de torta. Les servía eso en la sala de la casa y luego sí, pasaban al negocio y compraban lo que necesitaban”.
Así, los Szerman trabajaban para juntar el dinero necesario para traer a sus hijos que quedaron en Polonia y de quienes recibían cartas periódicamente. Pero en 1939, Hitler invadió Polonia y se desencadenó la Segunda Guerra Mundial. De pronto, el matrimonio Szerman perdió el rastro de sus hijos Josek y Szyja. “De un día para el otro dejaron de saber de ellos. Comenzó la guerra y no habían alcanzado a juntar la plata. Mi abuela lloró toda la vida”, dice Mabel mientras sostiene en sus manos la última carta escrita por sus tíos desaparecidos.
“El abuelo era un tipo muy duro, áspero, fuerte, medio cascarrabias, pero yo creo que se fue haciendo así con estas circunstancias terribles que le tocaron vivir. El no escapó de la guerra, pero cuando se vino, ya había persecuciones y se notaba que algo ocurriría. Y luego, la muerte de sus hijos”, concluye.
“La abuela vivió hasta su muerte llorando. Todos los viernes prendía velas. Es una tradición judía prender velas cuando empieza el sábado o ‘shabat’, que es el día santo. Prender las velas es un momento de rezo, recibimiento del sábado y de pedir por la salud, el bienestar y la paz. Ella nunca dejó de prenderlas”.
A pesar del gran dolor que sufrieron los Szerman, no se dejaron caer y continuaron por los hijos que estaban con ellos.
“Al abuelo le costó mucho comprar el local que alquilaba. Había juntado la plata, pero el propietario no se decidía a vendérselo. Pensaba que en cualquier momento se iba a tener que ir de allí y se iba a quedar en la calle. Entonces, cuando surgió la posibilidad de comprar un terreno cerca del centro, lo hizo, para tener un resguardo. Pero al poco tiempo el propietario le dijo que iba a vender el local y mi abuelo ya no tenía dinero. Entonces escribió a todos sus hermanos y cuñados que vivían en distintas ciudades de América, les explicó su problema y les dijo que necesitaba dinero para comprar la propiedad en la que había trabajado tantos años. Entre todos lo ayudaron”.
El menor de los hijos del matrimonio fue quien se dedicó a seguir los pasos de su padre y hacerse cargo del negocio hasta que se retiró. Este lo dejó en manos de su hija Mabel y su yerno Edgardo Hassan.
“Con mi marido somos la tercera generación que continúa con el negocio -afirma orgullosa Mabel-. Muchas veces pienso en todas las dificultades y vaivenes económicos que este comercio ha sufrido. Fue dificilísimo continuar una actividad durante tantos años y sólo fue posible porque ha tenido varias modificaciones. De ser un local muy pequeño, en la época de mi abuelo, pasó a ser mediano y luego grande, como lo vemos ahora”.
“Cada generación ha tenido sus circunstancias -continúa Mabel-. Papá vivió momentos políticos y económicos muy difíciles. Creo que pudo superarlos porque siempre fue muy conservador, de no meterse en cosas en las que no le daba el cuero. Cuando se podía, se podía y, cuando había que achicarse, se achicaba”.
“Después, hace ya 18 años, vinimos nosotros, quienes nos hicimos cargo de la informatización del local. La gerencia administrativa financiera la lleva mi marido y yo me encargo de otras cosas como el personal, las compras y las vidrieras -cuenta Mabel, y agrega- pero mi papá sigue participando de todas las decisiones importantes de la empresa”.
El negocio cambió, los encargados también, aunque en el fondo siempre comparten la fortaleza que Samuel y Sofía supieron enseñar a sus descendientes.

 

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