La unión de dos mundos

De Polonia y Damasco llegaron sus padres. Aquí, David y Jacinta crearon su propia familia y costumbres.
Diario Río Negro. Sábado 30 de julio de 2005
 
David Glanz y Jacinta Cohen Sabban eran judíos pero provenían de diferente origen. David había nacido en Polonia y pertenecía a la rama azquenazi. Jacinta era hija de libaneses y por eso pertenecía a la rama de los sefardíes. Pero el amor los unió y enfrentaron a sus familias para crear la propia y sus tradiciones.


Los Glanz


David Glanz llegó de Polonia en 1927 cuando tenía sólo cinco. Había emprendido el viaje con su mamá, Sara, y sus dos hermanos, Samuel y Mauricio. Unos años después nacería en Argentina Elena, la última hija del matrimonio.
“Su padre, Jacobo, había venido un año antes, solo, para reunir el dinero para traer a su familia -cuenta Graciela, hija de David y Jacinta-. Era una época muy difícil en Europa porque estaban entre las dos guerras mundiales y había mucha hambruna”.
Jacobo se instala en Colonia Rusa, en General Roca, y junta el dinero para mandar a llamar a su esposa e hijos. Pero con la idea de ayudar a quienes más quería sigue trabajando para traer a sus dos hermanos, que habían quedado en Polonia.
Con mucho trabajo logra reunir para un pasaje más y manda llamar a su hermana. Pero la Segunda Guerra Mundial estalla y Jacobo no llega a reunir lo necesario para hacer lo mismo con su hermano que queda viviendo en el lado comunista de Alemania. A pesar de la distancia y la guerra, los hermanos quedan en contacto por carta durante el resto de su vida.
“Cuando los abuelos llegaron a la Colonia Rusa se trabajaba muy duro -explica Graciela-. Toda la familia colaboraba en las tareas de la chacra y de la casa. Habían llegado con muy poca plata, mi papá recordaba que cuando llegaron tuvieron que pedir prestadas ropas a otra familia para sacarse una foto con su madre, la que aún conservo”.
Graciela afirma que, aunque el trabajo era mucho, “había una relación casi directa entre el mayor esfuerzo y el crecimiento económico, cosa que se empezó a perder en nuestra generación y hoy prácticamente no existe”.
“Mis abuelos logran juntar plata para comprar una pequeña chacra y poner un almacén de ramos generales que toda la comunidad de Colonia Rusa llamaba ‘el almacén de los Glanz’ ”.
El manejo del almacén era muy diferente al de hoy. “La gente cobraba una vez por año -cuenta Graciela-, iba al almacén y dejaba una parte del sueldo para luego ir sacando productos a medida que los necesitaba. Cuando la cuenta se agotaba, seguían sacando y se arreglaba con el cobro del próximo año”.
“El abuelo había peleado en la Primera Guerra Mundial y papá decía que alguna herida que se había hecho allí lo enfermó e hizo que falleciera muy joven. El abuelo falleció cerca del año ’45 y la abuela quedó a cargo del almacén y la crianza de los tres hijos”.
“La abuela, o ‘Bobe’ como le decíamos en casa, era una persona muy fuerte. Seguramente se hizo así con todo lo que tuvo que pasar. Habían vivido una vida tan difícil que se hablaba poco de Europa. La abuela tenía las piernas curvas por la mala alimentación de sus primeros años de vida”, afirma Graciela.
“Papá contaba que en Polonia, en la época en que se vinieron no podían tener propiedades y tenían limitaciones sobré por dónde caminar y a qué hora. Seguramente, aunque no fue expreso, eso quedó grabado en mi padre que cada peso que tenía lo ponía en tierra. En general en todos los inmigrantes europeos hay un sentimiento muy fuerte de apego a la tierra. En la Colonia Rusa lo único que tenían era el pedazo de tierra”.
“En la Colonia había también conciencia comunitaria. No sé cómo mi abuelo separó un dinero para colaborar en la creación de la sinagoga para el lugar, donde además de las celebraciones religiosos se transmitía el conocimiento en general ya que funcionaba como escuela”.
“A mi abuela le preocupaba que sus hijos estudiaran. Mi papá llegó a terminar el secundario. Creo que el proyecto que ellos tenían cuando llegaron se completó con nuestra generación y con la de nuestros hijos que pudimos acceder a un título universitario”, analiza Graciela.
“Mi tío Samuel y mi papá quedaron a cargo del negocio familiar una vez que mi abuela decidió retirarse. En 1954 crearon la bodega Millantú que fue conocida también como “la bodega de los Glanz”. Llegaron a tener 250 hectáreas plantadas con uva y además compraban a otros productores”.
Los tiempos cambiaron y mejoraron para los Glanz, pero el bienestar nunca pudo borrar el recuerdo de los tiempos difíciles. “La memoria hacia atrás era muy dura. Papá volvió a Europa pero nunca quiso volver a Polonia, porque de su familia habían fallecido casi todos”.
“Cuando yo era chica y la abuela ya vivía en Roca, siempre quería tener una bolsa grande llena de azúcar. Para nosotros era raro, pero papá entendía que eso la tranquilizaba, que eran resabios de las épocas de hambruna que había pasado en Europa”.
“La abuela hablaba poco castellano. Le gustaba jugar al dominó. La comunicación con sus nietas era a través del dominó y de las cosas ricas que nos hacía”, recuerda Graciela.


Los Cohen Sabban


“Mis abuelos maternos, Jaime y Raquel Cohen Sabban, vinieron de Damasco a principios de siglo, escapando de una crisis importante que vivía su país -cuenta Graciela-. Muchas veces pienso en lo extraño que es que en distintos momentos y viniendo de distintos lugares las dos familias hayan concluido en General Roca”.
“Mi abuelo había llegado primero junto a sus padres y hermanos y vivía en el barrio porteño de La Boca. Siempre trabajando en la actividad comercial, los Cohen consiguen una mejora económica y se mudan al barrio de Flores. No sé muy bien cómo mi abuelo se entera de la existencia de mi abuela pero realizan un contacto por carta y ella viaja para casarse con él en Buenos Aires”.
“Cuando la abuela llegó, venía sola, con 15 años, a casarse con un hombre que no conocía. Debe haber sido muy duro para ella, pero al poco tiempo vino también su familia”.
Jaime y Raquel decidieron probar suerte en el sur y se instalaron en Roca donde abrieron la tienda “Fama” en la calle Tucumán entre España y Avenida Roca. “Adelante estaba la tienda y atrás vivían ellos -recuerda Graciela-. La tienda vendía un poco de todo como se estilaba en esa época y estuvo abierta muchos años, más o menos hasta el ’85. Allí nacieron sus siete hijos: Sion, Jacobo, María, Regina, Jacinta, Julio y Salvador”.


Los Glanz Cohen


Jacinta y David se conocieron cuando ella cursaba el secundario en el Colegio Nacional. Pero cuando ella estaba en cuarto año, los Cohen decidieron volver a Buenos Aires. Ella fue con sus padres, pero siguió en contacto con David.
El escándalo comenzó cuando los dos jóvenes decidieron casarse. “En Colonia Rusa vivían judíos europeos que venían de Rusia o Polonia. Papá pertenecía a esta rama. Pero por otro lado venían los judíos sirio-libaneses, de donde era mamá”.
Las comidas, las costumbres y hasta el idioma son distintos. “En mi casa se hablaba el castellano, en lo de mi abuela paterna se hablaba el idish y en lo de mis abuelos maternos hablaban en árabe”, cuenta Graciela.
La familia de uno no aceptaba a la del otro. “Para mi abuela paterna fue un golpe muy duro porque tenían diferentes culturas. Por ejemplo, en las pascuas judías no se come nada que pueda fermentar. Por eso, del lado de papá no se comía arroz mientras que del lado de mamá el arroz era la base de las comidas. El choque fue difícil”.
Sin embargo, Jacinta y David no dejaron que las costumbres o el idioma de sus familias los separaran. Se casaron y tuvieron a Graciela y a Nora que aprendieron a querer y respetar las costumbres y tradiciones de todos sus abuelos.

 

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